martes 11 de octubre de 2011
martes 20 de septiembre de 2011
Una lección de sombra
Jaime Moreno Villarreal
Ya se sabe que Edison lo logró, creó la bombilla eléctrica en el 79 y en el 82 encendió una plaza pública. Pero años antes, cuando los diarios apenas empezaban a imprimir gacetillas de visionarios que predecían que algún día la luz eléctrica iluminaría las noches, el profesor Adhémar comenzó a indagar por su cuenta los alcances de semejante revolución. En realidad, la invención estaba ya en mente de todos, y el anhelo de pasear en la noche en tumultos por los parques y avenidas artificialmente lucientes bajo la bóveda de estrellas, atraía la fantasía del pueblo al punto de que aquí y allá se columbraba, bobamente, y bajo los efectos del ajenjo, un mundo nuevo en el que los hombres no se recogerían a dormir, las fábricas laborarían sin receso, los comercios permanecerían bullentes hasta rayar la mañana, y las grandes ciudades desveladas bajo los estímulos del flujo eléctrico tonificarían los músculos y la chispa mental.
Pero en su curso de "Introducción a la Óptica", el profesor Adhémar disentía de la gran quimera. Como siempre, trata de infundir en los estudiantes el arte de la desconfianza ante las primeras impresiones. Los pintores, antes de atreverse a levantar el carboncillo —decía en sus clases— deben luchar contra el enemigo eminente, la ilusión óptica. Para Adhémar, esa ilusión no era fenómeno físico sino fantasía, algo que no se ve pero que se cree, y por ello distinguía tajantemente la ilusión óptica del "efecto de óptica", que sí era real. Es real —enseñaba Adhémar— y depende de combinaciones físicas y a veces mecánicas de la luz; mientras que la ilusión óptica depende simplemente de nuestra imaginación. Realista por credo y medición, investigador del ojo, sirviente de la luz: así le daba por llamarse a si mismo. Hacía 1861, el profesor Adhémar inculcaba en sus discípulos la versión cruel, lóbrega mas innegablemente objetiva, del advenimiento de la luz eléctrica.
Al terminar su clase, los alumnos de Óptica de la escuela de Bellas Artes lo rodeaban para prolongar una conversación que ya duraba semanas. El profesor, enhebrado aún en sus trazos y a sus cálculos, encendía uno de esos puros holandeses que eran su lujo, aspiraba fuertemente y al exhalar distinguía nuevas formas de mirar entre las volutas de azulgris.
—No sé qué pueda depararle todo esto al arte —respondía la duda de un estudiante—; imaginen ustedes lo que será la vista de un edificio, digamos el interior de una catedral, iluminado con rayos de luz eléctrica.
Los estudiantes se dejaban arrastrar por la previsible imagen de delgadísimos relámpagos fulminantes que cruzarían por las naves de un templo, chocando con las columnas, despedidos como chinampinas bajo los arcos, y que irían a rematar por fuerza magnética en el emplomado de los vitrales, dando a la penumbra un esplendor tonante. Un delgado jovencito que usaba espejuelos, se adelantó a exclamar:
—¡Pero el arte siempre será el arte! La electricidad va a traer simplemente otra forma de luz artificial, como las lámparas de gas. Uno podrá seguir pintando… o qué, ¿estamos asistiendo al principio de otra cosa?
El murmullo en torno crepitó. Ese era el asunto que a todos ofuscaba. ¿Qué cambios traerá a la percepción? ¿Realmente se seguirá pintando como hasta la fecha?¿Es cierto que la electricidad hará más amarillas, más azules, más rojas todas las cosas? ¿Podrá uno, como se anuncia, pintar de noche sin consumirse la vista, y sin dejar de ser fiel a la naturaleza? Todas eran dudas de ansiedad, que entre maestro y alumnos hacían madurar una camaradería de saberse juntos frente a lo ignoto.
Quizá compartían el gran momento crucial en la historia del arte; quizá meramente estaban embrollados en una pasión por el futuro semejante a la de miles de estudiantes y profesores, antes y después de ellos. Adhémar sentía una verdadera preocupación, pero sabía que era a sus alumnos a quienes esta pertenecía. ¿Qué hacer con tanta ansia, y con tan negras perspectivas?
—A ver, jóvenes —los llamó desde su cápsula de de visión, señalando la pizarra—; vengan, vamos a hacer un ejercicio. Vuelvan a sus bancos.
Subió a la tarima. Alzó el puro en la mano como en un acto de inspiración. Algunos alumnos, pretextando cualquier cosa, se despidieron en ese momento y salieron del aula. Otros, intrigados, se dispusieron a reanudar la incertidumbre, intuyendo que algo un poco salvaje, como era siempre Adhémar después de clase, les esperaba.
—Hagamos un ejercicio de memoria —ordenó el profesor.
Los muchachos se miraron perplejos. Lo conocían bien, y sabían lo reticente que era a la pedagogía que impone la memorización. "El ojo tiene su memoria, sólo hay que ajustarla al cálculo": con esta frase Adhémar amonestaba a los alumnos que se presentaban con los apuntes muy bien aprendidos pero sin la menor habilidad matemática a examen. —Cierren los ojos ahora, jóvenes, y recuerden —volvió a ordenar; los alumnos cerraron los párpados obediente, traviesamente—. Recuerden con toda claridad las dudas que tenían hace un instante, hace ya tanto tiempo, antes de la llegada de la luz eléctrica.
¿Cómo? Algunos alumnos, confundidos por la ambigüedad, abrieron los ojos: ahí estaba Adhémar mirando al techo. Otros compañeros, que habían comprendido el juego, seguían ciegamente internándose. Adhémar continuó.
—Ahora recuerden qué fue lo que paso en sus vidas cuando por fin llego la luz. Véanla colocada en las calles. La Luz de noche en las plazas y en los jardines, en las fachadas de los edificios, en las esquinas de las barriadas, en el interior de las viviendas, Ahora díganme… ¿qué pasó con la pintura? Recuerden, no fue hace tanto tiempo.
Un alumno despabilado respondió, para la carcajada general:
—¡Los pintores salieron de sus estudios a pintar la luz del día!
Sí, sí, corearon los demás como despertando de un sueño, a la luz del día.
—¡Nadie hizo caso de la maldita luz eléctrica! —remató el mismo alumno, torpemente.
—Muy bien, ya lo creo —repuso Adhémar—, ¿pero qué pasó luego de que ustedes siguieron pintando como dicen, a la luz del día ¿Alguien más recuerda?
—No nos acordamos porque nos pusimos a estudiar tanto la luz natural —intervino otro estudiante—, que hicimos de ella el objeto primordial de nuestra pintura. ¡Ja!
Ja, suena bien, de acuerdo seguro, coincidieron los demás. Pero Adhémar adoptó en ese momento el aire tremendamente desconfiado con el que daba a entender que alguien había seguido la senda incorrecta, es decir que se había guiado por el enemigo inminente: la ilusión óptica.
—Joven amigo, usted ha caído, por si no se dio cuenta, en el territorio de la pura imprecisión. Dé un paso atrás, y recuerde que el efecto óptico es nuestra materia. Quiero saber qué ocurrió realmente con la vista, Qué es lo que realmente se vio. A ver, ¿quién recuerda cómo modificó la luz eléctrica a la pintura? ¿O acaso nadie de ustedes, a lo largo de su fructífera existencia, pintará con la luz de una pila galvánica?
Se hizo silencio. Las cabezas calientes de los alumnos divagaron soñando como puntas metálicas que recibirían la influencia de una energía invisible; y a punto de sentir el golpe de la memoria del futuro, como pararrayos apuntados al cielo de una idea que echaría a andar sus brazos paralizados, en un impulso desconocido hacia los pinceles, todos esperaban el advenimiento de la lámpara incandescente, Adhémar estalló:
—¡Error! —los estudiantes lo miraron sobresaltados—. Pero señores, si lo hemos explicado ya mil veces: la luz emitida por un punto luminoso decrece en proporción inversa al cuadrado de la distancia. ¿No es cierto que la luz que se recibe a 10 metros es cien veces menor que la que se recibe a 1 metro de distancia?
Nadie entendía al borde del alumbramiento lo que el profesor quería decir. Efectivamente aquel era un principio estudiado como una regla para concebir un cuadro. Pero qué diablos tenía que ver. Ahí el profesor clavó los ojos en el mundo real:
—¿Luz para iluminar la noche? No me haga reír. Señor Roldán —dijo refiriendo al joven de espejuelos—, pase a la pizarra y márqueme por favor un foco de luz y un objeto vertical iluminado a mediata distancia.
Así lo hizo el estudiante.
—Ahora trace la sombra del objeto según la inclinación de los rayos, y no olvide que la luz es cada vez más débil a mayor distancia.
La sombra deducida por el alumno resultó considerablemente mayor al objeto.
—Ahí tienen sus iluminación nocturna —dijo agriamente Adhémar—. ¡Quienes suponen que se puede alumbrar una ciudad con faros dispersos de luz eléctrica desconocen la leyes de la sombra! Lo que esa luz producirá a la distancia, al hacerse cada vez más oblicua y chocar con los árboles, los edificios y las bardas, y aun con los gatos pardos y las modestas piedras del camino será ¡sombras y más sombras, sombras negrísimas por la suma de sombras! en efecto, los alumnos reconocieron que, dada una inclinación pronunciada del rayo de luz, todo objeto posee lo que se llamaba entonces una sombra añadida, por lo que, a breve distancia, la oscuridad no se afectaría. Los visionarios que predecían el futuro con un farol eléctrico en cada cruce de las calles, no calculaban que en torno a ese punto e independientemente de su intensidad, la luz se iría haciendo siempre menor, y las cuadras se entenebrecerían por contraste cual túneles o, de plano, grutas.
—Yo le auguro a la pintura por venir —Adhémar se envolvía en el último humo de su visión— el futuro de la noche eléctrica: un mundo en el que los objetos perderán contorno y las sombras se confundirán con el color, donde las manchas y aun las tachaduras adquirirán valor de revelaciones, y aparecerán nuevas formas sin imitación aparente, y los fondos serán indiscernibles de los frentes, enormemente racionalizados veces y a veces caóticamente desleídos, con los márgenes desbordados, con secciones vacías, con puntos de vista tan móviles que los propios objetos pintados se pondrán en movimiento, y la maestría no será ya superior al gesto, y sin embargo la mano, señores, seguirá siendo la luz del ojo. No se les olvide. ¿Lo recuerdan? ¡Traten de recordarlo! ¿Pueden presentirlo? —urgió de nueva cuenta a sus alumnos, que lamentaban el aire patético en la visión amargosa del maestro.
Adhémar arrojó el puro a la escupidera. Algo decisivo se extinguía. Vendrán otras generaciones —pensó, pero ya no lo dijo—, alumnos y maestros, juntos siempre en un momento crucial, contribuían a esta lección de sombra. Carraspeó, arrastrando por el piso la mirada, como si tácitamente aceptara que no tenía nada más que enseñar.
Los estudiantes salieron con un desconcierto clavado en sus respiraciones. Adhémar echó cerrojo al salón. Era un trabajo modesto éste de depositar, en esos espíritus selectos, una semilla de locura y otra de pureza.
Memoria, exposición colectiva, galería Juan Martín, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, julio-agosto 1996.
jueves 31 de marzo de 2011
martes 4 de agosto de 2009
jueves 5 de marzo de 2009
Feria Internacional del Libro, Guadalaraja, 2008
Del 3 al 5 de diciembre estuve en la Feria del Libro de Guadalajara, sabía que era la feria más importante del libro en latinoamerica, pero nunca había asistido. Fue una sorpresa muy grata conocer un poco de más de cerca el mundo del libro, la ciudad, conocer a Leo... en fin!!! además de fue el pretexto perfecto para visitar a Matucha por tierras tapatías ji ji ji







Tareas Preescolar semana 6
miércoles 4 de marzo de 2009
Revista Tereas Preescolar
Este es un proyecto que quiero mucho, fui invitado por Fabiola a colaborar con ella para diseñar un revista con la misma línea editorial que Tareas e ilustraciones, pero en su versión preescolar, la gran mayoría del diseño de la revista es de Faby, yo colaboré más en la parte del diseño de la iconografía.
Aquí algunos ejemplos de como quedó terminada la revista.
Aquí algunos ejemplos de como quedó terminada la revista.
Portadas
Cabezales



Pictogramas
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Diseño de personaje

Alugunos ejemplos de páginas del número 1



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